Mario Garcés.

Escritor, jurista y político.

Ex Secretario de Estado de Servicios Sociales  e Igualdad. 

«Somos ese montón de espejos rotos». Así es la memoria que es olvido, según el maestro Borges, y así es «Un tiempo precioso», una expresión estética, y hasta a veces esteticista, de los laberintos físicos y psicológicos de la pérdida progresiva de la identidad que produce el Alzheimer. No piense nadie que es un ejercicio condenado a mostrar el ángulo terrible de la enfermedad, aunque también lo es. Sobre todo, y ese es uno de los grandes aciertos de Miguel Molina, la película es una manifestación luminosa de bellas emociones en un mundo que se deshace en los cantos oblicuos de la desmemoria.

«Un tiempo precioso» es un verdeo poema, un espejo que construye y fragmenta la mente con un lenguaje textual tan arriesgado como necesario. La película encadena metáforas a través del propio protagonista que, por momentos, explota en sí mismo, porque esta película también es la vida de Miguel Molina. Todas las referencias a su familia, desde la calle «Antonio Molina» hasta los fotogramas finales con su madre entre los títulos de crédito, nos llevan a su propio laberinto, un actor-director-persona que hace cine de su vida. Ibiza, entre el realismo y el naturalismo, es su patria y evoca su identidad a cada minuto. Es su querencia natural, allí donde todo es posible y siempre vuelve. Y, ante todo, de la locura y del exceso hace romanticismo, porque también sabe que el sueño de la razón produce monstruos, como Goya, otro atormentado genial que ahora pasea por las galas de vanidad de nuestros premios de cine.

Pero también es una película sobre las raíces de las relaciones entre padres e hijos, en un momento en que el padre se convierte en hijo y el hijo, en padre. Película sobre el perdón y la indulgencia, sobre el reconocimiento de cada uno de nosotros en la huida de quienes nos dieron la vida. Es la gran paradoja sentimental porque en el momento en el que el cuerpo del protagonista se aleja de su mente, en ese momento de desencuentro íntimo de Miguel, es cuando se produce el encuentro real con sus seres queridos. El amor se abre camino entre la fragmentación, entre los cristales rotos de la conciencia del enfermo. Una conciencia que se debilita por el curso de la enfermedad, porque el protagonista se hace extranjero en sí mismo. Y busca auxilio imaginario en Agapito (Saturnino García), un personaje alegórico, un Sancho Panza que acompaña a la locura, en un personaje ya extrañado de sí mismo. Las conversaciones imaginarias de Miguel con Agapito tejen la metafísica de la historia, y huyen del dolor y del vacío, que habría sido el recurso narrativo fácil, para que el enfermo se encuentre afectivamente en el Otro.

«Un tiempo precioso» es una inmersión hermosa en la oscuridad de la desmemoria, es un poema regalado que nos enfrenta con coraje a la soledad y hasta a la muerte. Autobiografía, experiencia personal, pero, ante todo lirismo, porque la película es un verso suelto y necesario en el cine español. A partir de ahora, las familias de enfermos con Alzheimer tendrán una referencia donde aferrarse, en ese experiencia cotidiana entre el dolor y el amor. Miguel Molina ha traspasado el espejo de la locura y del olvido, para regalarnos un tiempo necesario, definitivo. Un tiempo precioso.

  

 

Mario Garcés.

Escritor, jurista y político.

Ex Secretario de Estado de Servicios Sociales  e Igualdad. 

«Somos ese montón de espejos rotos». Así es la memoria que es olvido, según el maestro Borges, y así es «Un tiempo precioso», una expresión estética, y hasta a veces esteticista, de los laberintos físicos y psicológicos de la pérdida progresiva de la identidad que produce el Alzheimer. No piense nadie que es un ejercicio condenado a mostrar el ángulo terrible de la enfermedad, aunque también lo es. Sobre todo, y ese es uno de los grandes aciertos de Miguel Molina, la película es una manifestación luminosa de bellas emociones en un mundo que se deshace en los cantos oblicuos de la desmemoria.

«Un tiempo precioso» es un verdeo poema, un espejo que construye y fragmenta la mente con un lenguaje textual tan arriesgado como necesario. La película encadena metáforas a través del propio protagonista que, por momentos, explota en sí mismo, porque esta película también es la vida de Miguel Molina. Todas las referencias a su familia, desde la calle «Antonio Molina» hasta los fotogramas finales con su madre entre los títulos de crédito, nos llevan a su propio laberinto, un actor-director-persona que hace cine de su vida. Ibiza, entre el realismo y el naturalismo, es su patria y evoca su identidad a cada minuto. Es su querencia natural, allí donde todo es posible y siempre vuelve. Y, ante todo, de la locura y del exceso hace romanticismo, porque también sabe que el sueño de la razón produce monstruos, como Goya, otro atormentado genial que ahora pasea por las galas de vanidad de nuestros premios de cine.

Pero también es una película sobre las raíces de las relaciones entre padres e hijos, en un momento en que el padre se convierte en hijo y el hijo, en padre. Película sobre el perdón y la indulgencia, sobre el reconocimiento de cada uno de nosotros en la huida de quienes nos dieron la vida. Es la gran paradoja sentimental porque en el momento en el que el cuerpo del protagonista se aleja de su mente, en ese momento de desencuentro íntimo de Miguel, es cuando se produce el encuentro real con sus seres queridos. El amor se abre camino entre la fragmentación, entre los cristales rotos de la conciencia del enfermo. Una conciencia que se debilita por el curso de la enfermedad, porque el protagonista se hace extranjero en sí mismo. Y busca auxilio imaginario en Agapito (Saturnino García), un personaje alegórico, un Sancho Panza que acompaña a la locura, en un personaje ya extrañado de sí mismo. Las conversaciones imaginarias de Miguel con Agapito tejen la metafísica de la historia, y huyen del dolor y del vacío, que habría sido el recurso narrativo fácil, para que el enfermo se encuentre afectivamente en el Otro.

«Un tiempo precioso» es una inmersión hermosa en la oscuridad de la desmemoria, es un poema regalado que nos enfrenta con coraje a la soledad y hasta a la muerte. Autobiografía, experiencia personal, pero, ante todo lirismo, porque la película es un verso suelto y necesario en el cine español. A partir de ahora, las familias de enfermos con Alzheimer tendrán una referencia donde aferrarse, en ese experiencia cotidiana entre el dolor y el amor. Miguel Molina ha traspasado el espejo de la locura y del olvido, para regalarnos un tiempo necesario, definitivo. Un tiempo precioso.

FOTOGRAMAS

SINOPSIS

 

 

Miguel un actor en declive de su carrera tiene ante si el ultimo viaje de su vida. Le han diagnosticado la enfermedad del Alzheimer y un tumor cerebral. Su hijo Carlos, después de que su padre le abandonara, se encuentra en la encrucijada de acudir en su ayuda. La pareja de Miguel y tía de Carlos, Sandra, intenta rehacer las relaciones entre padre e hijo y a la vez recuperar un amor casi perdido. Aparece un amigo invisible, de nombre Agapito, que acompañara a Miguel en este viaje, provocando situaciones que van desde la ternura y la risa hasta el drama.

La tragicómica  vida de Miguel con sus miedos y debilidades le trae de vuelta a su hogar, Ibiza. En la isla, Miguel, se encuentra con los recuerdos de su infancia, sus amigos, un renovado amor y en definitiva consigo mismo.

En este periplo vital nos encontramos con la lucha entre las debilidades del ser humano y sus grandezas. Una dualidad entre real e imaginaria que nos lleva a tomar cariño a unos personajes que reviven un  tiempo precioso.

 

REPARTO

MIGUEL
MOLINA

CÓMO

MIGUEL

SANDRA
BLAKSTAD

CÓMO

SANDRA

CARLOS
PULIDO

CÓMO

CARLOS

SATURNINO
GARCÍA
 

CÓMO

AGAPITO

info@forestfilms.net

Productora

Forest Films

| 625 55 08 58